Como un buen guía turístico hace la diferencia

En estos tiempos en que, gracias al Internet y sus múltiples posibilidades, la gente puede planear su propio viaje de manera independiente y no recurrir a agencias de viajes u otros negocios tradicionales asociados al turismo, es común ver a algunos influencers en redes que básicamente le dicen a sus seguidores que por sí solos pueden sacarle todo el jugo a un viaje y no necesitan de nadie más para hacerlo.

Yo difiero de este criterio. Si bien soy enemiga declarada de los tours masivos, donde va uno como con 40 personas mas, en carrera, apiñados como ganado, y donde al final uno vio un montón de lugares pero sólo por encimita, tampoco soy partidaria de decir que uno no necesita de nadie para poder sacar el máximo provecho de un viaje. Las guías de viaje, los blogs, las apps de viaje son muy útiles, pueden dar montones de datos sobre los sitios turisticos más conocidos, pero en mi opinión, nada se compara a visitar una ciudad/país en compañía de un local. Y no sólo de un local cualquiera, sino de alguien que es profesional en su campo y conoce su charco como nadie.

Mi marido es guía turístico profesional, se gana la vida haciendo esto, y fue quien me convenció de que deberíamos, en  la medida de lo posible, contar con guía profesional durante nuestros viajes. Confieso que no le compré la idea inmediatamente, pues la idea de explorar un lugar por mi cuenta, y lentamente, siempre me sedujo (y lo sigue haciendo hasta hoy): el caminar sin rumbo, entrar en tiendas o restaurantes que me llamen la atención, sentarme en una banca de un parque a ver pasar gente….todo muy romántico, pero Pedro tiene un punto: es muy chiva sí, pero si se cuenta con mucho tiempo. Si uno va con el tiempo muy apretado, corre el riesgo de pasar más rato perdido que viendo, aprendiendo y disfrutando cosas.

Digamos que luego de eso, compré la idea. Pero igual pienso que en cualquier viaje, sea corto o largo,  hay que dar cabida tanto a la planificación, como a la improvisación. Sin un poco de ambos en cada viaje, este se vuelve aburrido o poco provechoso. En fin, que la primera vez que contratamos un guía privado propiamente fue durante nuestro viaje a Guatemala en enero de 2016. Nos gustó tanto la experiencia, que repetimos luego en Argentina y en Colombia.

A continuación les doy 5 razones de por qué sí vale la pena pagar un servicio de guía profesional:

Vas a tu ritmo, ves lo que quieres ver el tiempo que quieras, y NADIE te atrasa o te apura:

Ya anteriormente mencioné que no me agradan esos tours/excursiones en los cuales se ven montones de lugares, pero por encimita, corriendo, como con 10 minutos solamente para recorrer el sitio, tomar fotos, ir al baño y de paso comprar un souvenir en una tienda cara. Yo soy de las personas que prefiero ver poco, pero verlo bien.

Sin embargo, por un motivo u otro, terminamos en tours de este tipo en México, Cuba y Perú. No puedo decir que todas las experiencias fueron malas, o que no conocí cosas interesantes, o que no me divertí, porque en realidad si lo hice, pero en todas la veces quedé con ganas de explorar ciertos lugares con más calma, y de no haber ido a otros que por itinerario estaban incluidos, pero que no me despertaron el mayor interés.

En México por ejemplo yo me hubiera quedado al menos una noche en Puebla, donde hicimos una corta parada de 2 horas, porque me pareció una ciudad super interesante. También me hubiera quedado una noche adicional en Oaxaca, que me pareció bellísimo, en vez de irnos hacia Tuxtla Gutierrez a ver el llamado Cañon del Sumidero, que es un río en medio de un gran cañon, pero que a mí en realidad no me pareció nada del otro mundo. Para rematar, incluía una visita a un zoológico (camuflado como “refugio”) donde tenían loras y monos amarrados con cadenas para el “disfrute” de los visitantes, algo que ni loca hubiera visitado estando en Costa Rica, menos estando en otro país.

En Perú nos pasó que el llamado City Tour en Cusco es básicamente ir arriados como ganado por los principales sitios arqueológicos que rodean la ciudad. Lo triste es que para cuando uno llega al último (Tambomachay), ya esta super oscuro y no se ve nada. Y como fue tan rápido (todo el tour dura unas 4 horas, de las cuales una corresponde a la parada en un souvenir), tampoco le dio tiempo a uno de disfrutar lo demás con calma.

Como pueden ver, no me gusta tampoco que me obliguen a pasar por tiendas de souvenirs, que es lo que suele suceder cuando se reserva un tour colectivo, porque eso es lo que mucha gente anda buscando. Y cuando a eso se suma la clásica gente que va atrasando el itinerario, ya sea porque no están a tiempo en el lugar acordado, o porque se les perdió alguna tontería, o porque están medio ebrios, etc, ahí sí que me falta poco para ponerme verde y rabiosa como Hulk.

Recuerdo que en Guatemala, por allá del 2003, andaba con mi familia en una de estas excursiones y se suponía que en un mismo día íbamos a ir al Lago Atitlán y a Chichicastenango. Sin embargo, salió la clásica gente que atrasa y como ya era muy tarde había que escoger. Yo moría por ir al lago, pero la gran mayoría que atrasó escogió Chichi. Y como ya era tan tarde, el mercado estaba ya casi cerrando y hubo que ver todo corriendo. Por supuesto que yo odié a todo el mundo en esa excursión, y me pude desquitar de conocer el lago hasta 13 años después, cuando casualmente volví, esta vez con Pedro, y contratamos los servicios de un guía por primera vez.

En realidad tuvimos 3 guías en Guate: Pablo, en Antigua y Atitlán; don Gato (no recuerdo su nombre) en Flores, Petén, y Norman, en ciudad de Guatemala. Con los 3 fuimos muy claros y les dijimos desde un inicio que lugares queríamos ver, que actividades nos gustan, que nos confirmaran que tanta flexibilidad había para durar más en ciertos lugares y menos en otros y la advertencia suprema de que nos nos gustan las paraditas casuales en souvenirs, a menos que nosotros lo pidamos.

Gracias a que pusimos esas reglas desde un inicio, tuvimos una experiencia lindísima en Guate, y esta vez sí pude conocer el lago con calma y tranquilidad. Nos pasó que no pudimos ver a Maximón en Santiago de Atitlán, precisamente porque nos quedamos más tiempo de la cuenta en San Juan La Laguna, otro pueblito alrededor del lago que nos encantó y en el que incluso fuimos a comprar zapatos a una tienda de ropa usada (historia para otro post!), algo que estaba completamente fuera del itinerario inicial. Pero a eso voy, a que nosotros teníamos realmente el poder de decidir a donde queríamos ir y cuanto tiempo quedarnos. Me dolió un poco no poder ver a Maximón, que era una de las cosas que más quería hacer en esa región, pero al menos no me quedó el mal sabor de que fuera porque alguien más me estaba atrasando con alguna tontería.

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Una lancha para nosotros solitos en el Lago de Atitlan, sin atrasos!

Conocen lugares donde hay buena comida:

Comer rico lo es todo cuando uno anda de viaje.  El consejo que yo siempre le doy  a mis amistades que van a viajar es precisamente ese: COMAN, todo lo que puedan, no le digan que no a nada. Por que si no, ¿para qué irse?

Andar con un guía local tiene sus ventaja en este sentido también. Si uno, por ejemplo, visita un mercado, donde hay montones de opciones para comer, es posible que el guía sepa cual es la mejor de todas y uno termine comiendo como un rey.

En Salta, Argentina, visitamos el mercado local junto a David, nuestro guía, quien aparte de mostrarnos muchos rincones interesantes del lugar y responder a nuestras preguntas, nos llevó a la mejor fonda. Ahí yo pude comerme un “locro”, que es un plato típico de la región, parecido a los frijoles blancos con cerdo que hacemos en Costa Rica. Y Pedro pidió una costeleta (chuleta) con arroz y papas. Con decirles que la costeleta era descomunal, como nunca la habíamos visto. Y todo baratísimo.

Pero la mejor experiencia de este tipo fue en Medellín, cuando Pacho, nuestro guía designado, nos llevó por pasillos, recodos y pasillos estrechos de un mercado hasta una sodita llamada “La Esquina de la Ricura”, con la promesa de que ahí se comía el mejor sancocho de pescado de la ciudad y a buen precio.

Ese sancocho era EL SANCOCHO. Un caldo espesito, con mucho sabor, punto perfecto de sal y especies y un gigantesco trozo de pescado, mas yuca y otros tubérculos. Acompañado con aguacate y una porción de arroz con coco, que ¡ay mamá!, uno quería morirse lentamente.

Como si fuera poco, ya a la hora del café y mientra caminábamos por el “El Hueco”  nos llevó a una panadería donde según él vendían los mejores “pandequeso” de Medellín. El pandequeso es básicamente un pan relleno de queso adentro, puede tener forma de bola o de rosquilla. Los colombianos son muy buenos a la hora de hacer pan y demás derivados, pero este pandequeso que nos recomendó Pacho era otro nivel: calientito, la masa suavecita, y queso derretido por dentro. De eso que uno come y no quiere que se acabe de lo bueno que está. Si hubiéramos ido por nuestra cuenta, posiblemente hubiéramos comido rico también, pero nos habríamos perdido de estas experiencias tan sublimes con la comida.

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El pandequeso mas rico del mundo.

No se quedan en datos, te cuentan historias:

Les ha pasado que van a un tour guiado y se sienten como en una clase del colegio, donde les dan dato, tras dato, tras dato sobre algo que están viendo y como a los 10 segundo ya a uno se le olvidó todo? Que el guía repite esos datos como un robot y uno no siente que realmente esté aprendiendo algo útil o memorable?

O por otra parte, que andan sin guía en algún lugar chivísima y ustedes quisieran saber alguna historia asociada pero no hay cédulas de información, o lo que encuentra uno en Google no es suficiente? A mi me ha pasado, y es parte de lo que uno se evita cuando contrata un buen guía.

Nosotros siempre hacemos énfasis en que queremos historias, anécdotas, curiosidades, mas que fechas, nombres o tecnicismos sacados de un libro. De esta forma incluso nos terminan contando muchas cosas sobre la forma de vida de la gente, su cotidianidad, los problemas de su sociedad, etc. En Guatemala por ejemplo, Pablo nos terminó contando sobre como la mayoría de indígenas no pueden acceder a un seguro social, porque para inscribirse necesitan tener una cuenta de banco, para tener esa cuenta deben trabajar formalmente, y como casi todos trabajan en el sector informal, pues entonces viven en ese círculo. En Argentina, David nos contaba sobre el peronismo, las manifestaciones, por que en su país siempre hay tanta ebullición a nivel social y político, y porque “Los Kirchner se cagaron en su país”. Y en Colombia, Pacho nos contaba con detalles como son las fiestas de fin de año, la comida que cocinan las familias, porque para los paisas es una época tan especial y porque la gente no quiere ya que la asocien con Pablo Escobar o el narco.

Te confirman si un lugar es peligroso o no:

Una vez nos pasó en Cusco, Perú, que nos fuimos a caminar de noche por la ciudad. Nos fuimos sin rumbo, siguiendo por una calle aledaña al hotel. Las calles se empezaban a hacer mas estrechas, mas oscuras y mas solas, pero aún así no sentimos que fuera peligroso. Ustedes saben, esa sensación de que alguien lo esta mirando a uno o esperando a que se descuide para brincarle al frente con una pistola en mano. Llegamos a un punto donde se acababa la calle y seguía como un puente peatonal que comunicaba con barrios periféricos en las laderas de la ciudad. Ahí le compramos emulsión (una callejera caliente muy popular) a un vendedor y nos devolvimos.

Cuando le contamos esto a la chica que nos coordino los tours en Perú, nos dijo con un mezcla de asombro y preocupación “Pero ahí donde fueron ustedes es peligroso!” Ve vos. No se si seria porque no damos la pinta de extranjeros o que, pero nosotros anduvimos tranquilos y mas bien hasta tuvimos una pequeña experiencia local.

Andar con un guía local le da a uno la ventaja de contar con una persona streetsmart, como le dicen los gringos a esta cualidad. Una persona jugada, como decimos aquí en Costa Rica. En otras palabras, alguien que conoce a fondo su ciudad, las costumbres de su gente, y como no, los lugares donde de verdad no hay que meterse.Con lo alarmistas que son los medios de comunicación, uno a veces se pierde de lugares interesantísimos por puro miedo y de repente no era algo tan peligroso.

La presencia de un local por sí sola ya te da seguridad, en el sentido de que se elimina el rotulo gigante con el que uno llega a otro país, ese que dice “EXTRANJERO PLATA FACIL ESTAFABLE”. Además, un buen guía te protege y te da consejos. Si te dice “Ahí no vayas”, es por algo.

En Medellín por ejemplo, Pedro y yo pudimos conocer el Mercado Minorista José María Villa, un lugar increíble y súper folclórico a donde compran los locales y donde se encuentran todo tipo de productos frescos. . Para llegar ahí hay que pasar por un sector de la ciudad que no es muy lindo que digamos, hay drogadictos, prostitutas, maleantes, indigentes y demás personajes, pero gracias a Pacho pasamos sin ningún problema. La única advertencia que nos hizo fue “Guarden la cámara, los celulares y lleven la mochila adelante”.

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Pacho mostrándonos frutas colombianas en la Minorista de Medellín,a donde se llega luego de cruzar por una “zona roja”.

Se convierten en amigos:

Por último, y quizá el valor agregado más grande, es que muchas veces se forjan amistades bonitas con los guías luego de pasar tanto tiempo con ellos. No siempre sucede, pero si hay química, la relación profesional puede pasar a tener matices más personales.

Aunque mi marido sigue teniendo contacto con todos los guías gracias a su facilidad para hacer amistades (también por cuestiones profesionales por supuesto), en mi caso me quedó un buen sabor de boca y a de todos guardo bonitos recuerdos. Pero en el caso de David, nuestro guía salteño, incluso lo tengo en FB, a él y  su esposa Raquel, con quien pudimos compartir gracias a que nos acompañó durante toda la travesía en el norte argentino. También anduvo con nosotros Sofía, la hija de 12 años de Raquel, una niña bastante linda e inteligente.

Al final se sentía como un gran paseo familiar: cebamos mate en el carro, nos reímos, nos bajamos a tomarnos fotos, hicimos sanguchitos de jamón en medio de la excursión, ellos aprendieron costarriqueñismos, nosotros aprendimos argentinismos, y conversamos sobre muchos temas. Raquel incluso me dijo “Me recordás mucho a mi prima. Ella trabaja en ediciones La Flor, en Buenos Aires. Se parece a vos, que te gusta leer y sos callada. Me hace falta”.  Sobra decir que si algún día ellos viniesen a Costa Rica, más que unos clientes, ellos tendrían acá una segunda casa.

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Comiendo en el mercado de Salta con  nuestros nuevos amigos.

Por último…

Y más de uno me dirá “Si, muy bonito todo, pero ¿cuanto cuesta?”.

Respuesta objetiva y racional: No es precisamente un servicio barato. Un guía turístico es un profesional, y quien valore su profesión en la justa medida, no va a regalar su trabajo. Asimismo, al ser atención personalizada, donde prácticamente todo se adapta a lo que uno desea, pues el precio por pagar es mayor. Pero tampoco es que es imposible. Sucede como con cualquier servicio: hay que buscar opciones, cotizar, y negociar a veces. También es muy importante la química y la buena vibra que se perciba de esa persona. Al fin de cuentas uno está poniendo no sólo su dinero, sino también su seguridad e integridad en sus manos.

Respuesta subjetiva y emocional: Como dice el anuncio de Master Card, hay cosas que NO tienen precio, y esta experiencia es una de ellas. Si uno contrata a la persona adecuada, uno se lleva cosas intangibles en su corazón: se lleva olores en la nariz,  sabores en la boca, colores en los ojos, sensaciones en la piel y emociones en el alma.  Dicen por ahí que cualquier plata invertida en una experiencia de  viaje es plata bien invertida.

Así que mi consejo final es ese: si pueden y quieren contratar un guía privado, háganlo. Aquí es donde lo mejor de los dos mundos se une para que la travesía sea memorable.

Categorías:Viajes por el mundo

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