De Puno a Juliaca: el viaje más tenso de mi vida

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Sonlas 4 de la mañana y en medio de una carretera con muchas curvas, las luces delanteras del taxi comienzan a apagarse de manera intermitente. Al cabo de un rato se apagan del todo. La oscuridad afuera es como estar viendo un hoyo negro y hace un frío horroroso porque el taxi no tiene calefacción. «Esto no va nada bien» me digo para mis adentros, tratando de ocultarle mis nervios a mi mamá, quien va sentada a mi lado, y si la conozco tan bien como creo, se que va igual de nerviosa que yo.

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Todos los viajeros tenemos alguna historia de terror en algún país. Yo les voy a contar la mía. Talvez no sea tan terrorífica, pero juzguen ustedes y me avisan.

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La noche anterior aún estábamos en Puno, Perú. Al día siguiente debíamos tomar un vuelo al mediodía de Juliaca, una ciudad aledaña, rumbo a Lima. La agencia de viajes nos había advertido que íbamos a tener que dejar la ciudad más temprano de lo esperado ya que para ese día se esperaban manifestaciones masivas (y violentas) por parte de sindicatos y uniones gremiales, que oh casualidad, suelen realizar sus paros generales a finales del mes de mayo (para que lo tengan en cuenta!).

En fin, que hubo que levantarse de madrugada, aguantarse el sueño y de paso el hambre, porque el hotel donde estábamos no preparaba ningún tipo de comida antes de las 5 am.  Llegó entonces a buscarnos un muchacho moreno , bien abrigado (la madrugada en Puno es helada). Pensamos que era el taxista que nos había enviado la agencia. Hasta ahí todo bien.

Cuando salimos a la calle vimos que el muchacho era en realidad el acompañante del taxista, quien era una versión un pelín más moderna del Doctor Chapatín. Me entró la duda de si este señor podría manejar todavía, pero bueno, hasta ahí todo bien.

Ya habiendo salido de Puno y en medio de la tiniebla notamos que al taxi se le empezaban a apagar los focos delanteros cada cierto rato. El viejito rezongaba con el otro, diciéndole que «viene fallando el carro, no me dejaron bien las luces». De eso que uno se alarma, pero se dice a sí mismo como para darse confianza «Naaaaah, no es nada grave, ahorita se arregla». Pero más bien empeoró. Las luces estuvieron fuera gran parte del trayecto, y por obra y gracia del Espíritu Santo no chocamos con otro carro o con alguna de las múltiples piedras y obstáculos que empezamos a topar en la carretera.

Ajá….Porque la carretera era mas o menos como ir compitiendo en la pista de Mario Kart: piedras enormes atravesadas al puro medio, escombros y estañones con fuego (que eran de gran ayuda en parte, porque íbamos sin luces). Era tanto así que en más de una ocasión, el Dr Chapatín hacía un viraje violento para no chocar con las piedras y nosotros atrás nos hacíamos de un lado para otro. Por supuesto que los 3, Pedro, mi mamá y yo íbamos calladitos, pero bajando a todos los santos.

En eso, nos paran en un retén y sale un encapuchado a preguntarnos que para donde vamos. Yo dije “Ahora sí, hasta aquí llegamos, nos van a sacar del carro, se van a llevar las maletas, nos van a asaltar”. En fin, todos los pensamientos tremebundos que pudieron venir, vinieron. Por fortuna, no hicieron muchas mas preguntas y nos dejaron pasar. Seguramente el encapuchado vio que los de atrás veníamos pálidos y con cara de espanto y se conmovió.

Peeeeeero….si algo puede empeorar, seguro que lo hará!

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Llegando a Juliaca, una ciudad bastante opaca y sin gracia por cierto, el Doctor Chapatín y su acompañante no estaban muy seguros de cual ruta tomar para llegar al aeropuerto, pues la mayoría de calles principales estaban bloqueadas por los manifestantes. Luego de dar muchas vueltas, el acompañante le dice al Dr Chapatín que se vayan por X ruta. En esa ruta había que cruzar por encima de los rieles del tren. Como había un desnivel, el carro se quedó atascado….Pues que quedó? Bajarse del taxi, a las 5:45 am, con una temperatura de menos de 5 grados Celsius y empujar para que saliera del atasco.

Una vez sorteado el obstáculo, seguimos nuestro camino. Yo ya iba casi feliz, pensando que faltaba muy poquito para el aeropuerto y que ya podía ir descargando toda la tensión que había acumulado en la hora y 45 minutos más largos de mi vida. Peeeeroooo…vuelta aquí, vuelta allá, y el taxi fue a dar justamente a una intersección donde estaban decenas de manifestantes con estañones quemándose, armados de palos y piedras y con cara de pocos amigos. Las piedras empezaron a llover y no quedó otra que aplicar la de “pecho a tierra”. En lo que me dio para reaccionar, empujé a mi mamá hacia abajo, mientras las ventanas se hacían añicos. Era como estar en una película. El Dr Chapatín “le metió la chancleta” al acelerador y cuando nos dimos cuenta ya habíamos pasado un gran trecho y ahora si, finalmente, gracias a todos los santos que bajamos de camino, ya estábamos cerca del aeropuerto.

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Al fin…a salvo?

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El pobre Doctor Chapatín tuvo que devolverse a Puno con su taxi vandalizado y sin una propina jugosa. Nosotros nos bajamos tan rápido de ese taxi para entrar al aeropuerto que creo que ni nos despedimos ni le dimos la gracias, porque todavía estábamos con la adrenalina al tope. La agencia de viajes por cierto, nunca nos llamó ni nos contacto para saber como nos había ido dadas las circunstancias. Ni cuando llegamos a Lima, ni cuando llegamos a Costa Rica. Ese fue quizá el peor sabor de boca de toda la experiencia.

Pero saben algo? Viajar en serio lo convierte a uno en contador de historias. Creo que esa es la moraleja que rescato. No digo que repetiría la experiencia (gracias, pero no gracias), más creo que de no haber vivido esa odisea para llegar a Juliaca, nuestro viaje hubiera sido un poquito más aburrido 🙂

Hasta el próximo post!

 

Categorías:Viajes por el mundo

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