Apuntes brasileños II: Todo lo que esperaba

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Hace dos semanas más o menos que regresé de Brasil. Y aunque estoy nostálgica, es la primera vez que siento una especie de “alegría triste”, como una corazonada, casi una certeza de que algún día voy a volver.

Los sueños se hacen realidad. A mí ya se me han hecho varios. Y Brasil, el más reciente, ha resultado ser uno de los más lindos. Es todo lo que esperaba y más. ¿Que no es un país perfecto? Claro que no, tiene muchísimos problemas, la corrupción es nivel Dios, en las ciudades hay mucha violencia. Pero al final…¿existe un país perfecto? La respuesta es no, y yo al menos prefiero creer que la gente buena en un lugar siempre va a ser más que la gente dañina. Como decía un amigo, “cuando usted en el extranjero, es más posible que le quieran ayudar a que le quieran hacer daño”.

Así que hago este post, a manera de resumen, para contarles cuáles fueron mis impresiones del gigante suramericano. Ese que tropieza constantemente, pero que tiene la fuerza de un huracán.

 Los brasileños en general son simpáticos y muy amables

Aunque nunca me han tratado mal en ningún viaje, si puedo decir que hay países donde la gente es un poco más seria. Aún en Latinoamérica, donde en teoría los latinos tenemos fama de fiesteros o de alboroteros.

En Brasil noté que además de amables, las personas suelen ser alegres. Sonríen mucho, hacen bromas, y si te ven con cara de perdido no dudan en tomar la iniciativa y ayudar. Eso es particularmente palpable en Rio de Janeiro, una ciudad que aunque es grande y cosmopolita, no ha perdido la calidez de su gente.

Ahí en más de una ocasión, algún carioca amable nos ayudó con mucho cariño a entender como funcionan las cosas. Como el muchacho que nos vio con cara de desconcierto luego de que el metro paró y había que hacer transbordo a otro carro, y muy amablemente vino y nos dijo que teníamos que bajarnos y tomar el que venía inmediatamente con una marca roja en la parte de arriba. O como el guarda del Jardín Botánico, un señor súper extrovertido que nos indicó a donde podíamos ir al baño, cual ruta seguir dentro del jardín, como pasar el boleto e indicaciones de donde estaban los animales. Le terminamos agradeciendo con un dulcecito tico, de los que siempre cargamos cuando andamos fuera.

De nada le va  a servir el inglés

Hay países, como Costa Rica por ejemplo, donde bastante gente habla inglés, y si no lo habla mínimo lo entiende o lo “mastica”. Así, los gringos pueden venir aquí sin saber ni pío de español y moverse bien, ya que mucha gente esta familiarizada con el inglés (a excepción talvez de las zonas muy rurales).

En Brasil, esta premisa no se cumple y el que vaya con el inglés como arma de defensa, déjeme decirle que está “miando fuera del tarro” como decimos los ticos.  Ni siquiera el español le va a servir de mucho. En Brasil, todo, absolutamente todo, está en términos del portugués, de modo que es muy válida la recomendación de aprender al menos expresiones básicas en ese idioma, y por que no, llevar un curso antes de ir.

Yo, que llevé el programa completo en la Fundación de Estudios Brasileños en Costa Rica, incluso tuve problemas a veces para entender, sobre todo cuando me hablaban muy rápido. Aún con mi portugués oxidado, me la jugué bastante bien y entendí en un 95% de las ocasiones y pude sostener conversaciones decentes con la gente. Imagino que hay opciones para visitar Brasil y tener un guía bilingue todo el tiempo, pero para mí eso le quita mucho de la autenticidad a la experiencia.

Si no saben mucho de portugués, el español igual les sirve al menos para darse a entender. Como hay muchas palabras inteligibles entre ambos idiomas (la similitud idiomática es un 80% mas o menos), la comunicación es tal vez más lenta, pero posible.

La comida es rica, aunque un poco pesada

Aunque pensé que iba a encontrar comidas más exóticas, lo cierto es que la cocina brasileña (o al menos, lo que yo comí) es bastante sencilla y tradicional. Los almuerzos son de hecho muy parecidos a los que hacemos en Costa Rica: un plato de arroz, frijoles, vegetales, ensalada y alguna carne o guiso. En Rio, es común encontrar “porciones”, que son algo así como nuestro “casado”, sólo que acompañados de picanha y papas fritas por ejemplo. Los dulces son riquísimos, probé uno llamado “pé de muleque” que me hizo agua a la boca, es una especie de turrón de dulce de leche con maní.

Lo que sí sentí es que la comida es algo grasosa. En un tour a la favela de Rocinha, nos incluían una “clase de cocina”, en la que nos hicieron una “feijoada”, quizás el plato más emblemático de Brasil y si bien estaba riquísima, es súper pesada. Básicamente es un guiso de frijoles negros con grasa de cerdo, costilla, pellejo, y embutidos, acompañado de rodajas de naranja, arroz, una hierba llamada “couvre” que la saltean en ajo y aceite y la infaltable farofa. Es una delicia, pero no apto para estómagos sensibles 😀 También la mantequilla que le ponen al pan es bastante mas aceitosa.

La naturaleza es vibrante

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Este amigo casi nos come

Pantanal fue la primera escala de nuestra aventura brasileña y puedo decir, sin temor a equivocarme, que es uno de los lugares más intensos del mundo en términos de biodiversidad. En cuestión de 4 días vimos animales hasta para repartir, y cerquita cerquita de donde estábamos: nutrias gigantes, lagartos, capibaras, el famoso tuiuiú (o jabirú, como le llaman en Costa Rica), armadillos, zorros grises, guacamayos azules con pecho amarillo, las araras azules (como Blu, la de la pelicula Rio), águilas, gavilanes, gallinitas de monte, espátulas rosadas,  y el gran plato fuerte, el jaguar.

Yo nunca había visto un jaguar en vivo y en directo dentro de su hábitat natural. Los había visto en zoológicos o refugios, pero es otra cosa verlos nadando en un río, subiendo por una ladera, y descansando como si fueran un gato gigante y juguetón. Claro, son cosa seria y a nosotros casi nos come uno durante la aventura.

No, si es en serio: como el sol del mediodía estaba tan fuerte (son como 40 grados centígrados a la sombra), decidimos hacer una parada técnica en uno de los muchos playones que tiene el río Cuiabá, para tomar el refrigerio y continuar luego en la búsqueda del jaguar. Hasta ese momento sólo habíamos visto uno, y de lejos, entonces estábamos algo ansiosos por ver otro.

Aprovechamos para ir a orinar y mi marido me hizo un comentario casual “A esos bichos los alborota el olor a orines, más de mujer, por las hormonas y esas cosas”. Yo estaba terminando mi periodo menstrual, y como que me preocupé, pero dije “Naaaaa, no creo que tengamos esa suerte”. Bueno, pues resulta que 10 minutos después, mientras estabamos al lado del bote con full sanguchito en una mano y coca cola en la otra, un bote que venía cerca del nuestro nos advirtió:

– Olha pra onça! Ela vem direito na direção de voces!

-Pegue, pegue bote! Rapido!- gritó el guía que nos acompañaba.

Salimos espantados a montarnos en el bote, y no es mentira! A los 30 segundos llego el bicho, meneando el rabo y con toda su imponencia buscando los rastros a la orilla del playón. ¡Menudo susto! Porque de no haber sido por ese bote amigo, nos hubiéramos topado al felino frente a frente, y quien sabe si estaría contando aquí este cuento. Una vez pasada la agitación, nos dimos gusto tomándole fotos y vídeos a nuestras anchas, sin el montón de molestos botes que nos impidieron ver al primer jaguar.

La plata no rinde mucho

No suelo hacerle mucho caso a los periódicos o a las revistas, pero en esto sí la pegaron: Brasil no es un país barato. De todos los países a donde he viajado, es donde he sentido que me ha rendido menos el dinero.

Es decir, no es que me sintiera estafada (a excepción de la vez que nos cobraron $40 por una almuerzo normal y sencillo), pero noté que los precios son como los Costa Rica, y eso ya es mucho decir. Costa Rica es uno los países más caros de América Latina, así que más bien cuando viajo hasta me da para ahorrar dinero! Al menos así fue en México y Colombia, donde la comida por ejemplo es súper barata. En Brasil, y sobre en todo en Rio, fue como si estuviera en mi país, así que hubo momentos en los que tuvimos que preguntar más por los precios y hasta regatear.

Algunos ejemplos de precios:

Entrada al Cristo Redentor (transporte incluido): $20 por persona (60 reales)

Taxi de Copacaban a Flamengo (7 km mas o menos): $6-8 (20-25 reales)

Cena de picanha para dos en un boteco normal de Copacabana: $30 (90 reales mas o menos). Eso si, las porciones son abundantes.

Corrida en el Metro de Rio: $1.3 (4.35 reales). Sale economico si son distancias largas.

Carrera de autobus en Rio: depende de la ruta, pero es promedio es mas o menos $1 (3.75 reales)

Botella de agua: $2.5 en Pantanal, $1.5 en Rio.

Rio no es escenario de guerra, como lo pintan los medios

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Rocinha, la favela más grande de Rio

Como les decía, no suelo hacerle mucho caso a los periódicos o a los noticieros de tele, porque suelen ser más alarmistas de la cuenta. Algunas personas, incluso dentro del mismo Brasil, nos dijeron “Tengan mucho cuidado en Rio de Janeiro, la cosa ahí está feísima, mucho tiroteo y muertos”. Como siempre hago mi tarea, me dediqué también a leer muchos blogs y artículos sobre la seguridad en Rio y en general la pintaban como una ciudad un poquito riesgosa, así que iba un poco traumada con la idea de no parecer extranjeros para evitar que nos ficharan.

Creo que dos cosas nos ayudaron: hablar, y sobre entender, el portugués; y nuestra cara de latinos, que aunque se nota que no somos brasileños, como que la gente ya sabe que sí tenemos esa malicia indígena, a diferencia de los gringos o europeos, que traen estampado en la frente el “ESTÁFEME”.

En todo caso, no me sentí en ningún momento intimidada o insegura en algún lugar. Ni siquiera de noche. Obvio que hay que ser prudente y no meterse donde no lo llaman, asimismo yo evitaría andar jugando de intrépida con aplicaciones como GPS o Waze porque suelen ser engañosas, y en Rio el límite entre un barrio bueno y un barrio peligroso es literalmente cruzar la calle. Con decirles que nosotros hasta estuvimos un buen rato en Rocinha, en compañía de una chica local. Aún así, el crimen en Rio es impredecible así que mi recomendación es estar alerta.

 Por último…

En portugués hay una palabra que no se traduce al español y es “Saudade”. La traducción mas aproximada es “nostalgia”, “buenos recuerdos” o “sentir una alegría triste”. Muchas veces mis profes brasileros nos dijeron “Es que no se puede traducir…es algo que se siente”. Tenían toda la razón. Y así es como se termina uno de sentir en Brasil, cuando el taxi va para el aeropuerto, cuando mira los aviones desde la sala de estar, cuando el vuelo despega y uno mira esa ciudad maravillosa que late, puja, llora y ríe.

Fue un chao, un hasta luego. Pero nunca un adiós.

Te amo Brasil ¡Nos veremos pronto!

Categorías:Viajes por el mundo

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4 respuestas

  1. yo tambien quisiera ir a Brasil, te invito a mi blog http://www.mochilerofutbolero.com donde encontrarás todo lo referente a viajes de fútbol

  2. Estuve en Rio en el 2015 y me encantó. Me enamoré de sus playas, su gente, sus parrilladas, su idioma, su alegría y su cultura. Estuve una semana en la Ciudad Maravillosa y no pude visitar todo lo que quería. Lo bueno es que puedo usar esa excusa para regresar.

Trackbacks

  1. Guía express para el Pantanal Brasileiro – Intraveltica

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