La chispa adecuada

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Este diciembre ha sido el diciembre menos diciembre de mi vida.

Quizá porque me ha tocado trabajar mucho últimamente y no he tenido mucho tiempo para ponerme a reflexionar sobre el año y las cosas que he logrado (o no) durante estos 365 días. Quizá porque mi ritmo de vida ha estado acelerado, porque ya los amigos no hacen tantas fiestas como antes, o porque a estas alturas solo me han dado un regalo de amigo secreto. El asunto es que lo he sentido como un mes más. Cosa rara, porque diciembre siempre me pone nostálgica, con deseos de llorar y con esa sensación de cierre que todos los humanos inconscientemente buscamos y celebramos.

Mi 2017 fue…como le podría llamar? Relativamente estático. Mantuve el mismo trabajo durante el año, mi rutina no varió gran cosa, no salí casi de paseo, y no avancé mucho (por no decir nada) en proyectos personales que tenía empezados desde el año pasado. Como que dejé que la vida me pasara de ladito, con algunas cuantas excepciones, como el viaje a Brasil y el paseo flash que hice a Nicaragua en noviembre. Aparte de eso, puedo decir que fue un año algo…aburrido.

Pero creo que gracias a eso fue que se generó una chispa en mí, que está tomando tintes de incendio.

“¿Es ésta la vida que quiero llevar?¿Me veo en esta empresa de aquí a 10 años? ¿De verdad querés llegar a los 50 aquí sentada frente a un escritorio, teniendo solo 3 horas al día para dedicarle a TU vida, porque el resto es trabajo, viajar hacia y desde el trabajo, ir al gimnasio porque ocupas moverte luego de 8 horas sentada y se te sube el colesterol,  y luego dormir? ¿De veras Marcela, así es como te ves?”

Todo comenzó hace mucho. No es que estas preguntas sean nuevas para mí. Me las vengo haciendo desde bastantes años, pero como que mi zona de confort ha sido lo suficiente atractiva como para que el temor a la incertidumbre me haya mantenido en el mismo lugar. Hasta este año. Cuando viendo un cielo estrellado en Pantanal me dije que quería viajar más, no sólo una semana y media por año, sino tener esa flexibilidad de decidir cuando y como. Cuando mi abuelita, con sus 95 años encima y su piernita quebrada me dijo que quería verme más, que la fuera a visitar más seguido. Cuando mi sobrino me dice adiós con la manita y mueve sus labios diciendo “Cuando nos vemos otra vez?”. Cuando frente al volcán Momotombo en Nicaragua, mi intuición se cansó de gritarme “Haceme caso! Tenés que hacer un cambio y pronto que si no te vas a quemar”.

Nunca he sido  una persona muy amante de los riesgos y la incertidumbre, no me criaron así y de natural me gusta la estabilidad y el control. El problema es que también soy un poquito rebelde de corazón, y esas dos cosas no van bien juntas. O es una, o es la otra. Siempre he sido una chica obediente, hice todo lo que todo el mundo esperó de mí (excepto tener hijos) y las cosas han salido bastante bien. Pero nunca, nunca, he dejado de tener esa sensación de que la vida tiene que ser mucho más que simplemente trabajar para comprar y pagar cuentas.

Así que el 2018 se pinta incierto. Tengo ciertas decisiones tomadas y pienso cumplirlas. Hasta un ultimatum me puse. No niego que tengo temor de que una vez llegada la hora cero, me eche hacia atrás, como me ha pasado otras veces, que postergo las decisiones por puro y llano miedo. Espero que esta vez no sea así, y me estoy preparando mentalmente para cuando llegue el momento. Porque la idea es no mirar en ningún instante hacia atrás.

¿Qué si tengo un plan? Realmente no. Tengo ideas, tengo bocetos de planes, tengo deseos y posibilidades. Pero un plan propiamente no. Pero es que si me pongo a esperar que todos los astros se alineen, me voy a ver en el 2019 sentada frente al mismo escritorio, siguiendo la misma rutina de siempre, y sintiéndome miserable por tardar hora y media todos los días en llegar a mi casa. La suerte está echada.

¿Que por que espero al otro año para ejecutar mi “plan” si puedo hacerlo ya mismo? Porque aunque paso sonnando despierta, hay cuestiones practicas que no puedo desechar asi como asi. Entiendase, ciertos ahorros que van a estar disponibles hasta dentro de un par de meses. Ahorros que me ayudarian mucho a vivir si me tengo que quedar sin trabajo por un tiempo. Asi que todo esta friamente calculado. Eso creo.

Igual, tengo mucho porque estar agradecida este anno. Tengo un hombre al lado que me ama y me respeta; tengo a mi mama que me quiere; a mi sobrino que me ha ensennado tanto sobre el amor (y sobre fabulas); a algunos buenos amigos con quienes  puedo ser yo misma y con quienes la confianza siempre es igual, a pesar de la distancia y del tiempo; comida en la mesa; techo sobre mi cabeza; una cobija calientita para dormir.

Pero lo que mas agradezco de este anno, es haber encendido la chispa adecuada para tomar decisiones que estaba posponiendo desde hace tiempo. Esa quietud y ese aparente estancamiento me han llevado a un grado de introspeccion tal, que estoy cada vez mas segura de  lo que quiero y se obviamente tengo que asumir las consecuencias.

Cada vez tengo menos miedo, y eso me gusta. Porque se que el incendio va a quemar todo, va a dejar solo cenizas, y de ahi solo queda renacer y finalmente…. volar.

 

 

 

 

 

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Categorías:Introspecciones

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