Cuba y sus lágrimas negras

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No ponerse “político” cuando se habla de Cuba es ciertamente una misión poco menos que imposible. Al menos para mí lo es, porque gran parte del atractivo de la isla es precisamente su condición de universo paralelo, donde quienes hemos vivido siempre inmersos en el sistema dominante nos ponemos en curso de colisión con otra forma de (sobre)vivir que, nos guste o no, nos obliga a repensar demasiadas cosas.

Cuba es el país que te fuerza a cuestionar, a reevaluar nociones, a mirar con ojo crítico los sinsabores de la utopía socialista, que aunque bienintencionada, no logró mucho de lo que pretendía. No sólo porque es materialmente inviable en un mundo obsesionado con el capital, sino porque un país que pretenda vivir a su manera es inmediatamente acosado y “alineado” de nuevo a los intereses macroeconómicos de ya sabemos quienes. El que no se alinea, es aislado del resto. Esto le pasó a Cuba, que a diferencia de muchos países de nuestra América, debió renunciar a todo menos a una sola cosa : su dignidad.

Les cuento un poco de las impresiones que me dejó mi reciente paso por la isla, esas impresiones que van mas allá de la simple mirada turística y se adentran más en el espectro “sociológico”, diría yo, aunque yo de socióloga no tenga nada y sea más bien una simple viajera intentando entender el mundo.

El césped siempre está más verde del otro lado

“Y cuénteme, señorita, ¿cuanto cuestan las cosas en su país? Aquí todo es muy caro, y el salario no da para nada”, me pregunta un señor cuyo nombre no recuerdo, pero con quien conversamos en el pequeño “Bar de Theodoro”, en el Vedado habanero.

Yo le soy sincera y le digo que mi país en particular es muy caro también, y que aunque los salarios no son malos, hay mucha más desigualdad que la que hay en Cuba y eso hace que existan otros problemas que en la isla son mínimos, como la inseguridad por ejemplo. El señor me mira con un poco de recelo y sigue hablando de otra cosa, como si le hubiera sentado mal mi comentario. Quizá esperaba que le hablara de las mil y una maravillas del mundo capitalista, ese césped verde que crece y prospera, a diferencia de los matojos marchitos que creen ver en su patio.

Mi sentir es que a veces los cubanos necesitan que alguien, desde afuera, valide “lo mal que están”, quizá para sentirse menos desdichados, quizá para convencerse de que la vida está en otra parte. Lo que muchos no saben, porque no han salido de la isla nunca o porque han salido esporádicamente (los cubanos tienen autorización de salir del país hasta por 2 años seguidos, una de las reformas de Raúl Castro), es que afuera no todo es color de rosa.  Yo en lo personal prefiero no endulzarle la oreja a nadie, porque si bien vivir de este lado tiene sus ventajas, ninguno de los dos sistemas me parece la solución definitiva a los problemas de este mundo. Ojalá pudiéramos tomar lo mejor de ambos mundos e implementarlo, pero es la visión más utópica de todas.

“No me voy de aquí”

Javier y don Víctor tienen algo en común: aunque reconocen que las cosas podrían estar mejor, son enfáticos en decir que de la isla no se van.

“Mi hija era ciclista y una vez que fue a competir afuera, a México, decidió quedarse. El Gobierno la sancionó con 8 años en que no podía regresar. No era una declaración política ni contra el sistema, simplemente buscaba una mejor vida. Ahora vive en los Estados Unidos, con su marido y mi nieto. Otro nieto viene en camino. Mi esposa y yo hemos aplicado para una visa y así visitarla, pero siempre nos han negado el permiso” cuenta Víctor, quien fue paramédico toda una vida y ahora se dedica a “taxear” en la zona de Matanzas. Aunque uno imaginaría rencores de todo tipo hacia el régimen por estas medidas drásticas, exageradas si se quiere, Víctor no duda en afirmar que a pesar de todo él no se iría de Cuba. “Me gustaría conocer otros países, sí, pero si me preguntas que si quiero irme a vivir a otro lugar,como a Estados Unidos, te diría que no. Esto no mejora, pero tampoco empeora”.

Siendo que anda en sus 50s y que es prácticamente un hijo directo de la post-revolución, no me extraña escucharle estas palabras al amable taxista, que nos llevó de Matanzas a Playa Girón, lugar que es clave en la mitología revolucionaria cubana luego de la invasión del 1961. Sí me sorprendió, y en gran medida, escuchar palabras semejantes de los labios de Javier, un muchacho que calculo anda en sus veintipico, casi treinta años. Nos lo topamos por pura casualidad del destino en un restaurante de Matanzas, luego de un largo día de playa en Varadero. Él andaba con hambre y no quedaba ninguna mesa para sentarse. Pedro le vio y le hizo una seña de que podía sentarse con nosotros.  Eso dio paso a una hora y media de conversación, donde obviamente el tema salió a relucir.

“Yo te digo una cosa, y eso que no me considero comunista: sí puedo ver todo lo bueno que hay aquí gracias a esa revolución. Este es un país muy seguro, yo nunca he tenido que escuchar tiroteos en la calle o ese tipo de cosas. ¿Problemas de droga? Existen, pero son reducidos, la policía es estricta y no tolera nada. Yo de aquí, no me voy”, dice al tiempo que gesticula un no con la manos.

Lo que uno como extranjero no sabe es si debe creer en lo que ellos dicen. ¿Será que de verdad no quieren irse? ¿Será que lo dicen porque están acostumbrados a hablar bien del régimen en público? O será porque de verdad lo sienten y, a pesar de las dificultades y evidentes limitaciones, tienen otra noción de bienestar que nosotros del otro lado no valoramos? Al final de cuentas ¿qué se entiende por bienestar y por felicidad? ¿Es tener los anaqueles del supermercado llenos de diferentes productos o tener garantizada la salud, seguridad, y educación básicas? Muchas veces nos damos con la piedra por el pecho de que los cubanos no pueden escoger y nosotros sí tenemos ese privilegio. ¿Lo tenemos realmente? En algunas cosas sí, pero si nos ponemos a hilar fino nos encontraremos cuestionando la naturaleza de la verdadera libertad.

Todo es siempre igual

A Papú lo conocimos de casualidad en una cancha de béisbol, en los alrededores de la Plaza de la Revolución. Habíamos pasado caminando todo el día y aún no habíamos podido ver a la gente jugando dominó en la calle, algo que Pedro estaba deseando. Nos metimos entonces a ver el juego de pelota y da la casualidad que allí mismo también estaban jugando dominó entre varios hombres.

Papú sí quiere irse por un tiempo de Cuba. Tiene una hermana viviendo en la provincia de Córdoba, Argentina, a quien en teoría le va bien con un negocio propio. Su deseo de marcharse obedece sobre todo a un deseo de cambio, de tener experiencias nuevas ,pues es la isla todo siempre permanece igual.

“A mi hermana le va muy bien, ya que vive en el interior y no en la capital. En Buenos Aires dicen que las cosas son complicadas, es caro, no hay trabajo, hay inseguridad. Aquí es que pasa al contrario, se vive mejor en La Habana de lo que podría vivir en una provincia, aquí hay muchas más oportunidades, no se vive bien pero tampoco se vive mal….Lo que pasa es tu tienes que cambiar cada cierto tiempo, sino te estancas y no creces, ¿me entiendes?”. Sus ojillos negros brillan al hablar, y al despedirse nos invita a llamarlo y a quedarnos en su casa en otra ocasión. Es obvio que ve una oportunidad de negocio, pero su simpatía también es sincera y por ello antes de irse levanta la mano y nos dice “¡Los quiero mucho!”.

Y ahora ¿qué?

Una generación más joven viene empujando fuerte y presionando por más cambios. Es una generación que ve las glorias de la Revolución como algo muy lejano, algo con lo que se identifican poco, y no los culpo. Es como cuando a uno le enseñan en la escuela la historia de la independencia y los próceres y a uno no le podría importar menos, porque uno proviene de esa historia pero no fue su protagonista, ni estuvo siquiera cerca de serlo. Por un lado entiendo que quieran más y mejores oportunidades a nivel económico, pero me gustaría pensar que lo harán sin despreciar o desmantelar las cosas buenas que la Revolución ha dejado. Que sí, las ha dejado, aunque los medios de comunicación nos quieran convencer de lo contrario.

¿Qué sigue ahora para Cuba? Nadie lo sabe a ciencia cierta y es la pregunta del millón. Con Fidel muerto y Raúl retirado (en teoría), podría pensarse que una era está a punto de terminar.  Yo en lo personal, luego de ver y escuchar, siento que los cubanos están preparados para la apertura económica, pero no están necesariamente preparados para todo lo que se viene con esto. Vuelvo a la figura del césped más verde en el patio del vecino, y a una frase que pronunció Papu al calor del juego de pelota “El cubano vive mucho de ilusiones”.

Tiene razón, la ilusión es el motor que ha tenido a este pueblo en vilo desde hace muchas décadas. Sólo espero que si el día del cambio definitivo llega, ellos recuerden que toda oportunidad tiene un costo, y espero que ese costo no les haga derramar más lágrimas de las que ya han caído por las mejillas de su pueblo.

“Tú me quieres dejar

Yo no quiero sufrir

Contigo me voy mi santa

aunque me cueste morir…”

 

 

Categorías:Viajes por el mundo

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