5 cosas que quiero contarles sobre las favelas

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Pedro y yo teníamos una cosa clara cuando pensamos en viajar a Rio de Janeiro: queríamos, sí o sí, visitar una favela. Y la vida nos llevó con sus sorpresas hasta Rocinha, la favela más grande de la ciudad y, se dice, de América Latina.

Las dudas normales nos asaltaron: ¿cuales se pueden visitar?¿ habrá manera de hacerlo con alguien local?¿será muy arriesgado entrar, aun estando pacificada? Las primeras dos preguntas tenían una respuesta certera, mas la tercera no tanto. Las favelas de Rio son ollas de presión siempre a punto de tirar el tapón, por lo que el riesgo es latente.

Mientras escribo estas líneas,  Rocinha lidia con las consecuencias de un estallido de violencia que sucedió justo 2 semanas después de que yo estuve ahí caminando por su calles. Al día de hoy no sé si es seguro visitarla, pero igual quería compartir con ustedes algunas impresiones y consejos que de seguro les servirán si deciden aventurarse y conocer una cara más real de Brasil.

1. Siempre, siempre vayan con guía local

Brazil Rocinha Guided Visit

Conversando con Dom Raymundo, propietario de la casa donde está el mirador Porta do Céu (Puerta del cielo), desde donde se toman buenas panorámicas de la favela. En el centro, nuestra guía Cati.

A las favelas no se mete cualquiera. No es como que uno puede llegar, bajarse del autobús y entrar como Pedro por su casa. No tanto porque lo vayan a asaltar a uno o a matarlo sin razón, sino porque literalmente las favelas son como laberintos y uno puede hallarse de repente en un callejón donde NO debería estar, y ahí viene el mayor riesgo.

Esos callejones son los llamados boca de fumo, es decir, los puntos donde se vende droga y si uno de casualidad cae en el lugar equivocado y el momento equivocado puede terminar con una bala en la cabeza. De ahí la importancia de ir con alguien que conozca muy bien la favela, y que de preferencia, viva ahí mismo y sea conocido entre la gente.

Nosotros llegamos por medio de Facebook a Cati, una chica de veintitantos años que vive en Rocinha y ofrece sus servicio de guía por medio de su empresa, Kultour Rocinha. La experiencia con ella fue genial, porque aparte de conocer muy bien su barrio, nos enseñó tanto lo lindo como lo feo de la favela, siempre dentro de los parámetros de seguridad necesarios. La verdad que nosotros son sentimos muy tranquilos andando con ella y en ningún momento percibimos un peligro o algo extraño. Así que si ustedes andan de mochilazo y quieren ahorrarse algo, háganlo en cualquier rubro menos en esto. Si quieren comen puros snacks y toman agua, pero de verdad que pagar guía aquí va más allá de un lujo, es verdaderamente una necesidad.

Asimismo, si están interesados, infórmense de como esta la situación en cada favela de las pacificadas. Cuando yo estuve en Rio, en setiembre de 2017, se podía visitar Rocinha, Vidigal y Santa Marta, pero hoy día creo que la seguridad está más comprometida.

 

2. La ley del maleante es la ley de la gente

Tal cual. La historia de las favelas es algo complicada y parte de su complejidad es la relación que existe entre la comunidad, el gobierno, la policía y los narcotraficantes.

Como ya ustedes sabrán, Brasil es un país donde la desigualdad es profunda y muestra de ello es que la mayoría de los pobladores de las favelas son migrantes del Nordeste brasileiro, una de las zonas con más pobreza, quienes buscan oportunidades en una metropoli como Rio. Es el fenómeno de la migración campo/ciudad pero magnificado. Como esas oportunidades son limitadas, pasa lo que pasa en todos lados: la forma de surgir económicamente para algunos es el narcotráfico.

Cuando este problema se le salió de las manos al gobierno y a la policía, simple y sencillamente dejaron a las comunidades al garete y básicamente llegaron al siguiente acuerdo con los mafiosos: ustedes mandan ahí adentro, nosotros no pasamos de la entrada, pero ustedes tampoco salen de ahí, y todos contentos.

Y es que la misma gente de Rocinha reconoce que le tienen más fe a la palabra del maleante que a la palabra del gobierno. “Aquí los criminosos son los que ponen las reglas. Si hay algún conflicto o problema, las personas les llevan su caso y ellos ayudan o intervienen, a su manera, claro. La verdad que ellos cumplen más sus promesas que el mismo gobierno” nos confirma Cati.

 

3. Preparen todos sus sentidos

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Bajando por la calle principal de Rocinha, en domingo de mercado.

Adentrarse en la favela implica estímulos para la vista, el oído, el gusto y el olfato.

Basta con caminar algunas callejuelas para empezar a ver el arte callejero, las paredes pintadas de muchos colores y las escenas típicas de un barrio agitado: niños que corren o juegan una pelada (partida) de fútbol; señoras que cuelgan ropa delos tendederos amontonados; chicos que oyen música a todo volumen en los portales; carros, motos y camiones que lanzan humo y pasan apiñados entre calles tan estrechas que uno se preguntan de donde sacan tanta destreza; ventas de jugo de caña de azúcar y pasteles rellenos; puestos de frutas multicolores; las aguas negras que corren libremente, pasadizos ocultos que sirven como atajo para llegar de un sector a otro; los cables eléctricos enredados como nidos de pájaro, oscuros, espesos y atemorizantes.

La sobrecarga sensorial es evidente desde que uno llega y por eso es bueno estar preparado. No todo lo que van a ver en la favela es bonito o primoroso. Así como hay arte, música y cultura, también podrían toparse de frente con los problemas sociales o de saneamiento que implican el crecimiento descontrolado de una población en un espacio reducido. Pero que eso no los espante: la belleza está en los rincones más insospechados y en las fachadas más tristes. Si le dan la oportunidad, Rocinha les va a mostrar todos sus encantos y ustedes van a caer bajo su seducción.

4. La paz es lo más añorado

Las noticias le meten a uno la idea de que la favela está llena de maleantes, narcos, asesinos y gente que se mata entre sí. Las escorias de la sociedad. Lo peor de lo peor. Y está lejos de serlo. La gran mayoría son personas que trabajan y la pulsean honestamente, y lo único que desean es vivir en paz.

“La mayoría de gente aquí viene del Nordeste. Yo soy parte de esa camada. Mi mamá vino desde Rio Grande do Norte, se enamoró de mi papá, que es de Minas Gerais, y aquí terminaron los dos, buscando mejor vida. Yo quiero mucho a mi barrio, a mi gente, y me duele que siempre nos retraten como un lugar retrasado, donde sólo hay droga o mafiosos” , cuenta Cati, mientras me mira fijo a los ojos con los suyos, oscuros y limpios. Su figura menuda y morena atraviesa los pasadizos estrechos de Rocinha, como si fuera una serpiente o una salamandra, mientras Pedro y yo pasamos de puntitas, encogiendo la panza y bajando la cabeza para no golpearnos.

La paz absoluta está lejos de llegar a la favela todavía. No llegará mientras el abismo social siga ensanchándose. Pero no olviden lo que les digo: la gente buena siempre es más.

5. No glamoricemos, aprendamos y seamos empáticos

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Hay personas que piensan que visitar una favela es hacer turismo morboso. ¿Por qué diablos querría ir uno a una barriada pobre, con violencia, sucia, donde por más pacificada que esté siempre hay riesgo de un tiroteo? Yo respeto la opinión de esas personas, más que en los últimos tiempos la favela se ha glamorizado gracias a películas como “Ciudad de Dios” o la película #8567 de Rápidos y Furiosos, pero creo que todo depende del enfoque y sobre todo, de ir con una mente abierta.

A mí me cae mal la gente que visita lugares con historias dolorosas y en su ignorancia piensan que esos lugares se reducen a los estereotipos. Como la vez que visité la Plaza Bolívar en Bogotá, justo al frente del palacio de Justicia y unos idiotas estaban saltando, haciendo señas de armas y diciendo en inglés que eran como Pablo Escobar. Ese tipo de escenas me hacen hervir la sangre, y lo mismo puedo decir de aquellos que van a la favela sólo por hacer teatro, sin molestarse siquiera en preguntar la historia del lugar, en hablar cuando sea posible con los locales, en apreciar esos esfuerzos que la comunidad hace para botar el estigma y demostrar que son mucho más que un titular rojo en un periódico.

Algunas personas me han preguntado sí realmente vale le pena ir a una favela y les he contestado con un rotundo SI. Yo difiero de ese concepto que tienen algunos de que uno viaja sólo para experimentar felicidad o placer. Para mí viajar es muchas veces sentir tristeza, sentir compasión (que no es lo mismo que lástima), sentir empatía por lo que el otro siente y vive, porque sólo ahí aprendemos y ensanchamos las fronteras de la mente.

Entonces mis queridos lectores, atrévanse a salir del confort y si es posible, denle una visita a esa cara más real y cruda de Rio. Esa cara triste, pero de sonrisa viva y auténtica, que sueña con dejar de ser algun día el rostro de los sucesos. Si tienen algún comentario o pregunta, ya saben, me dejan su aporte abajo. Los leo!

Categorías:Viajes por el mundo

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5 respuestas

  1. “A mí me cae mal la gente que visita lugares con historias dolorosas y en su ignorancia piensan que esos lugares se reducen a los estereotipos.“

    Totalmente de acuerdo contigo Marce. No lo pudiste haber escrito mejor, no tan solo esa oración, si no que toda la publicación.

    Para mi visitar la favela fue convertirme en un habitante de ella por varias horas, fue aprender sobre ella y sobre sus habitantes.

    • Eso mismo amigo! Si uno va con la mentalidad de fundirse con la comunidad un poquito, podrá ver una cara que los medios nunca muestran. Ir a una favela es de esas cosas que todo mundo debería hacer al menos una vez en la vida.

  2. Reblogueó esto en y comentado:
    Una lectura obligada para todo viajero.

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