Estar perdido no es tan malo: 4 lecciones de una extraviada

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Crédito: Sasha Freeman. Foto tomada de Unsplash

A lo largo de mis 35 años, varias personas me han hecho un comentario que constituye una de las mayores ironías de mi vida: “Yo no he conocido a nadie que tenga más definido lo que quiere hacer en la vida que usted”.

Es una gran ironía, porque si de verdad supieran lo que pasa por mi mente se darían cuenta que yo en realidad siempre me he sentido perdida. Mi proyección hacia afuera envía la impresión contraria, pero en mi interior la turbulencia es permanente. No puedo evitar reírme por dentro cuando me han hecho ese comentario, porque también me revela lo poco que me conoce la gente en mi fuero más íntimo. La verdad, mi verdad, es que yo no sé que quiero hacer con mi vida todavía. Tengo muchos planes, muchos intereses, muchos ítems en mi lista de “cosas por hacer antes de morir”, pero si me preguntan que me veo haciendo el resto de mi vida….no lo sé, y nunca lo he sabido.

Uno se siente a veces sólo en ese viaje interior, aunque algo me dice que estoy más acompañada de lo que pienso. En definitiva, somos muchos los que estamos perdidos y en vista que la sociedad nos exige “ser alguien”, en ocasiones sucumbimos a ser quienes no somos por cumplir con ese ideal. Yo lo intenté por mucho tiempo, y es hasta épocas recientes que me doy cuenta de que uno tiene que hacer las paces con su “yo perdido” para finalmente empezar a encontrar el rumbo.

Esa travesía introspectiva me ha dejado enseñanzas que les quiero compartir. Al final, estar perdido no ha resultado tan malo y les cuento porqué:

Me ha permitido explorar muchos intereses:

De natural soy una persona que le cuesta enfocar su energía en un sólo interés, porque tengo demasiadísimos, y aunque eso puede parecer dispersión o poco compromiso con algo, también me ha permitido experimentar y ver si tengo suficiente pasión o talento para meterme de lleno en algo.

He llevado cursos de idiomas, baile, serigrafía, tatuaje, ilustración, manualidades, lettering, SEO, programación básica, y la lista sigue. La verdad que de todos mis experimentos he aprendido algo sobre cada área, y más importante, sobre mí misma. Independientemente de que esté considerando hacer negocio o carrera en alguna de ellas, esta exploración me ha enriquecido como ser humano y me ha dejado expresarme artísticamente.

Aún no encuentro esa vocación que me diga “Sí, esto es, éntrele de lleno!”, pero mis múltiples incursiones han sido clave para entender que me gusta y que no me gusta, que me es indiferente y que me apasiona. Así que si ustedes están perdidos, explorar intereses puede que les ayude a encontrarse, o al menos a pasarla bien y aprender mientras encuentran su ruta.

Me sacó del piloto automático

Creo que la mayoría de personas en mi generación iniciamos nuestro camino profesional de la manera tradicional: yendo a la universidad inmediatamente después de terminar la secundaria, estudiando una carrera por 4 o 5 años, sacando un posgrado o alguna especialización, y saliendo al mercado laboral a encontrar trabajo con el Estado, en una empresa o en alguna transnacional.

El paradigma siempre nos dijo que debíamos estudiar para conseguir un buen trabajo. Para ser empleados de alguien. Para trabajar durante años y luego de mucho esfuerzo tener una pensión digna y ahora sí, el tiempo para hacer lo que nos diera la gana, aunque nuestra salud no vaya a ser la misma. Lo que nunca nos dijeron que es ese modelo podía desgastarse y que en algún momento íbamos a sentir que tenía que haber algo más allá.

No digo que este mal seguir el paradigma. A muchos les funciona y no hay una sola manera de vivir o de ser pleno. Pero en mi caso me ha hecho preguntarme más cosas de las que puedo responderme.

¿Se puede dejar el paradigma?

¿Puedo trabajar por y para mí misma y tener la vida que siempre soñé?

¿Podré con la idea de no tener un salario cada quince días?

¿Por qué la gente no se da cuenta que lo que menos tenemos es tiempo?

¿Qué es lo que realmente importa?

¿Estaré loca?

¿Será que leo mucho y me estoy convirtiendo en una de esas viejillas hippies que van a terminar viviendo con gatos y levitando en la sala de su casa?

¿Habrán extraterrestres entre nosotros tratando de hacernos evolucionar en la escala espiritual?

En fin. Preguntas van y vienen, pero sepan que esto no es malo. Cuestionarse siempre, siempre será parte esencial de crecer y convertirse en la mejor versión que uno pueda ser de sí mismo, porque nos obliga a replantear todo, empezando por lo superfluo y llegando a la mera esencia.

Me ha quitado miedos

Esto se relaciona al punto anterior. Creo que una de las cosas más aterradoras de sentirse perdido es creer que no hay otra opción, que lo que uno conoce hasta entonces es lo único que hay y si uno está cuestionándose todo, entonces…¿ahora qué?

No puedo decir que no tengo miedos ahora, tengo muchos y algunos son tan infantiles que hasta yo me doy cólera. Pero sí puedo decir que no tengo tantos miedos trascendentales como antes por que he ido entendiendo que pensar distinto no es señal de estar mal. De que no tengo que porqué estar cumpliéndole expectativas a nadie y que la opinión más importante al final es la mía.

La idea de quedarme sin trabajo, de que me despidan, de verme haciendo algo diferente a lo que estudié, de empezar de cero, de no calzar en la sociedad, de que me vean como el “bicho raro”… son cosas que ya no me dan (tanto) miedo, y eso me gusta.  Talvez tenga que ver con el hecho de que al estar perdida, nunca he sentido verdadero arraigo hasta ahora por una profesión, por una empresa, por un estilo de vida, por una aspiración o por una expectativa. Entonces el miedo a perder se atenúa porque al final de cuentas, no tengo nada que perder y sí mucho que ganar.

Me ha hecho más agradecida

Sí, sentirme perdida me ha enseñado una cara nueva de la gratitud. Pensar que la preocupación más grande que tengo en este momento es encontrar mi vocación, llamada, propósito o pasión es una gran cachetada de realidad, porque me demuestra que soy muy privilegiada.

Tengo comida de sobra, un techo bajo el cual dormir, pude estudiar incluso hasta un grado de maestría, nunca me ha faltado trabajo, tengo dinero para solventar más allá de mis necesidades básicas, tengo gente a mi alrededor que me ama y se preocupa por mí. A diferencia de otras personas menos afortunadas o con menos acceso a oportunidades, yo tengo más de lo mínimo y por eso puedo permitirme dilemas existenciales como “estar perdida” y buscarle soluciones al mundo.

De las 4 lecciones, esta última es la más importante. Agradecer siempre, todos los días, por mi buena fortuna. Eso no quiere decir que deba conformarme, pero sí debe recordarme que todo es una cuestión de perspectiva. Y que aunque el verbo “perderse” pueda parece negativo, al final puede ser todo lo contrario.

Categorías:Introspecciones

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2 respuestas

  1. Una reflexión bien planteada. Es un gusto leerte con mucho deteniendo. Así, uno aprende los jóvenes. Más si se tiene hijos que van por esa edad. Bien escrito.

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