Una vida mediocre

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Photo by Douglas Sanchez on Unsplash

Hace poco leí un artículo en inglés que se titulaba “Y qué si quiero una vida mediocre?”, que era básicamente un manifiesto en favor de la vida simple, lenta, tranquila y dulce.

La noción de mediocridad puede ser engañosa. La mayoría de veces la entendemos como “dar el mínimo esfuerzo”, “hacer las cosas por salir del paso”, “algo muy promedio, sin nada que valga la pena destacar”. Y como tal, huimos de esas nociones como de la peste porque Dios libre nos encasillen como mediocres. Porque ser mediocre es ser un perdedor.

Pero ¿qué pasa cuando le damos un giro a lo que puede ser “una vida mediocre”? 

Vivimos en una sociedad obsesionada seriamente por “el éxito”, entendido como la aspiración de ser más, tener más, ganar más, trabajar más, más ,más, MÁS, MÁS, MÁS! Como que nunca vemos que ya por el hecho de existir, de dar nuestro mejor esfuerzo, de hacer las cosas de manera excelente (en contraste con la noción tradicional de mediocridad), de disfrutar las pequeñas cosas y no aspirar a ganar millones, tener yates, carros de lujos, mansiones y demás,  ya somos suficientemente buenos.

Yo honestamente estoy cansada de la carrera de ratas, y veo cada vez más claro que no es un circunstancia, es una mentalidad. De nada sirve marcharse del “malvado” mundo corporativo para ser emprendedor o “tu propio jefe” si continúan repitiendose los patrones nocivos, si seguimos pensando que la vida es una puta competencia, que el fin justifica los medios, que hay que “matarse” trabajando o sacrificar todo (incluyendo la familia) porque los frutos van a ser dulces en el futuro . A los que me dicen eso yo les pregunto: ¿Quién le garantiza ese futuro? Desconfío ciertamente de esas promesas que recaen en algo que no podemos controlar.

Una vida mediocre, entendida desde esta perspectiva, vendría a ser entonces una vida simple. Sin demasiados sobresaltos. Con tiempo para hacer lo que nos gusta y nos genera dicha. Una vida donde podamos disfrutar más del presente y de las pequeñas sorpresas porque no tenemos esa mentalidad de competir por ver quién tiene el mejor carro, la  mejor casa o el mejor salario.

Yo no sé si quiero una vida tan tranquila. De repente me hace falta el sobresalto, porque es parte también de lo que nos hace crecer. Pero sí coincido en que una vida “mediocre”, como muchos quisieran llamar a esa existencia sencilla, presente y agradecida, es la vida a la que aspiro personalmente: una vida en mis propios términos, sin comparaciones, sin ansiedades, llena de libertad y posibilidades.

 

Categorías:Introspecciones

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