La viejita y el lago

abuelita

El delirio de doña Zoraida era regresar a Nicaragua.

Pasó soñando despierta con su tierra natal durante los últimos años de su vida, cuando su mente estaba cada vez más en ese limbo donde la realidad es la es la del corazón, no la de la mente.

Imagino lo que ella imaginaría: pasear por las calles de Rivas, visitar a sus primas, mojarse los pies en el lago, tan grande e infinito que es como otro mar encallado en tierra firme.

Yo soñaba, muy en mis adentros, tener el tiempo y la posibilidad de cumplirle ese último deseo antes de morir, pero su salud delicada era ya un impedimento para semejante empresa. Ahora que lo pienso, de repente hubiera sido una locura con fin feliz: habría muerto igual, pero con la dicha de haber visto su tierra por última vez.

Doña Zoraida era mi abuelita. Pero más que eso, ella era aroma a nacatamal, sabor a miel de jocote e icaco, una silueta moliendo maíz en la cocina. Recuerdo sus formas carnosas y amplias de cuando era más joven, más maciza, más brava. Siempre siguió siendo un poco brava, pero ahora en la piel de una anciana pequeñita, que se iba encogiendo más y más conforme pasaban los días, como se encogiera Úrsula Iguarán en las humedades de Macondo.

A mi abuelita le gustaba mucho cantar, y a mí me gustaba pedirle que cantara. Entonces volvía por un momento de su ensimismamiento y entonaba con una voz trémula, pero muy dulce, los acordes de “Cucurrucucú paloma”, esa canción vieja que todos conocen pero que pocos cantan ya. La cantaba con tanto sentimiento que más de una vez quise llorar, más cuando ya sabía que su mente estaba en Nicaragua y que yo, su nieta, ya no era su nieta sino el recuerdo de alguien más que conoció en su juventud.

A pesar de su ausencia física, de la cual me entero hoy, siento un extraña paz interna. Como si hubiera cumplido con un deber. A mi abuelita la quise en estos últimos 15 años más de lo que la quise en los primeros 20 años de mi vida. Aunque no la veía con demasiada frecuencia, procuraba no dejar que pasasen muchos meses para hacerlo, consciente de su fragilidad y de su mortalidad. La aproveché y la disfruté mucho más que a mi abuelo Chico, a quien no pude hacerle tantas preguntas, darle tantos abrazos o decirle tantos “te quieros”.

No sé si exista el cielo, o algún lugar a donde vayan las almas de quienes amamos.

Si existe, hoy se convirtió en una gran lago coronado en el centro por dos volcanes. Doña Zoraida está sentada a la orilla de ese lago y mueve sus pies dentro del agua, feliz de estas nuevamente en su pedacito de eternidad.

 

 

 

Categorías:Introspecciones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.